Un típico caso dónde las apariencias engañan. Ubicada sobre avenida 66, a simple vista no ostenta ninguna majestuosidad ni pomposidad, sino más bien todo lo contrario. Es una casa sencilla y humilde que parece accidentalmente extraviada en el tiempo. No fue la casa de un Lord, un General ni de un político. Fue la casa de un prestigioso y amado Profesor y Poeta Popular: Pedro B. Palacios.

Pedro Bonifacio Palacios fue un reconocido maestro rural muy comprometido en luchar en contra de las injusticias sociales de su tiempo. Incluso el ex Presidente Domingo Sarmiento le ofreció un cargo en el Ministerio de Educación para fomentar dicho camino. Pero tras la muerte de benefactor llegó una mayor persecución política. 
En 1887 se mudó a la ciudad de La Plata. Aquí no solo continuó con su pasión por la educación popular, sino que además encontró trabajo en de los diarios “El Pueblo” y “Buenos Aires”. Por si no fuera poco, también se concentró en su apasionada y temperamental producción literaria. De este modo se hizo muy famoso bajo el seudónimo “Almafuerte”. Una narrador casi anónimo que denunciaba todo funcionaba mal, pero siempre con una narrativa poéticamente esperanzadora. Por eso mismo aun resuena su Piú Avanti: “No te des por vencido, ni aun vencido. No te sientas esclavo, ni aun esclavo”.

    

Caracterizado por un espíritu temperamental, apasionado y entregado al prójimo; su casona tomó físicamente esta identidad. Don Pedro Palacios valoraba la honradez, la solidaridad, la lucha y la educación. No estaba interesado en los muebles de lujo, objetos de colección ni en las arquitecturas palaciegas. No podía concentrarse en el placer o las riquezas materiales mientras un infante carezca hasta de lo más básico (comida, ropa, medicamentos). Es aquí cuando aparece la primera gran particularidad de la institución. 
A pesar de ser un Museo del tipo biográfico, casi no posee elementos materiales que fueron propiedad de Pedro Bonifacio Palacios porque él mismo casi no tenía pertenencias. Vivía en la prácticamente en la pobreza, y no por falta de un sueldo, sino porque se gastaba todo en ayudar a los demás. Pero la sencillez del edificio contrasta con la riqueza de sus obras literarias, sus amadas pinturas, carbonillas y los monolitos. Es casi como un legado gritandonos sobre que hay cosas que el dinero no puede comprar.

    

En el fondo de la propiedad aún se puede ver el horno de barro donde cocinaba para sus cinco hijos adoptivos y sus vecinos, a quienes también les enseñaba a leer y escribir. Su lema era: “Todo lo que yo sé y que pudiera serles útil, lo desparramé sobre aquellas cabezas a plenas manos”.
La mayoría de sus bienes materiales son elementos básicos de subsidencia como utensilios, anteojos de lectura, bastones, libros, una guitarra, fotografías y mobiliarios elementales. Esta precariedad es también un reflejo de cómo vivían los asalariados a fines del siglo XIX. Actualmente no se conservan muchas viviendas de clase obrera fundacional (1885).

Casi como si fuera un acto de noble poesía viva, cuándo en 1917 falleció Pedro Bonifacio Palacios, sus amistades tomaron el compromiso de fundar el Museo. En 1921, por iniciativa de la Sociedad de Escritores de la Provincia de Buenos Aires, la Municipalidad de La Plata adquirió la casa mediante un remate público. Al poco tiempo se concedió la administración a la “Agrupación Bases”, que tenía como Secretario al Sr. Francisco Timpone. En estos años se reacondicionan los espacios y se crea oficialmente el Museo y la Biblioteca. Finalmente en 1945 volvió a ser administrada por la Comuna.
Gracias al porte voluntario de las personas que conocieron a Pedro Bonifacio, o que admiraban su obra, el Museo fue recuperando y adquiriendo nuevos elementos de exhibición. Recorrer sus salas implica un viaje hacía un pasado mediante pinturas al óleo, retratos hechos a lápiz, fotografías, recortes de diario, libros, esculturas, cartas/correspondencias y elementos de la música popular. 

    

En el año 1936, la casa fue declarada Monumento Histórico Provincial. En 1961, nuevamente por iniciativa de la Sociedad de Escritores de la Provincia, se convirtió en el Primer “Monumento Histórico Nacional” de la Ciudad de La Plata.
En los últimos años la institución también comenzó a brindar actividades específicas al público como espacios para presentaciones de libros, proyección de películas, respaldo a las actividades barriales, dictado de talleres de poesía e idiomas, representaciones teatrales y adhesión activa con el evento “Museos a la Luz de la Luna” (Noche de Museos).

    


Dirección: Avenida 66 N° 530 entre 5 y 6.
Entrada: Libre y Gratuita.
Horario: Lunes a Viernes de 9 a 17hs
                Sábados de 15 a 18 hs.
Las visitas guiadas se realizan con previa coordinación con la institución.


https://www.visitalaplata.com.ar/2019/12/ayudanos-crecer.html
Durante muchas décadas se lo conoció como “El Edificio Tres Facultades” o como “el que tiene forma de Cárcel”. Pero actualmente aquí funciona un moderno y ejemplar Espacio de Arte Multidisciplinario que siempre merece ser visitado.

Uno de los pilares del renovado “Edificio Sergio Karakachoff” fue creación del “Centro de Arte de la UNLP”. Un espacio único y moderno destinado a la exposición y promoción de las producciones artísticas y culturales nacionales, regionales y académicas. 
Distribuido en tres plantas, el Centro dispone de 1120 metros cuadrados. Las instalaciones incluyen una sala multiperformático con capacidad para 200 personas, salas destinadas al arte visual, un microcine, un auditorio para 60 personas y un área expositiva informal visible desde la calle 48. De este modo se pueden brindar exposiciones visuales y audiovisuales, obras escénicas, conciertos, talleres de arte, conferencias y presentaciones.


Todas las exposiciones son de carácter transitorio, por lo cual regularmente se realizan convocatorias públicas para cubrir los calendarios. Posteriormente algunas de las obras también ingresan en el catálogo online de “Tienda” para la comercialización de obras y objetos de autor.
En paralelo el Centro de Artes cumple con funciones educativas mediante cursos y talleres de pintura, curaduría, dramaturgia, escritura y fotografía, entre muchos otros. En general suele haber una amplia diversidad de ofertas para todas las edades, incluso varias son gratuita.


La Historia:
No existe un gran consenso sobre quién fue “el culpable”, pero el mito cuenta que al dictador Carlos Onganía (1966-70) se expusieron varias maquetas para la construcción de nuevos edificios para la Universidad Nacional de La Plata. Y fue él mismo quien dijo “me gusta esta”. De este modo se planificó destruir el Palacio del Rectorado (1885), junto a sus preciosos jardines perimetrales, y levantar una inmensa mole de estilo brutalista. 
Por suerte este proyecto no prosperó, pero si se llegó a construir las secciones sobre las calles 6 y 49. Según el investigador Guillermo Nizan (ex Secretario de Planeamiento de la UNLP), el freno lo puso un arquitecto que era parte del gobierno universitario y de un organismo internacional encargado de la preservación de edificios patrimoniales.


Vale destacar que por los años 60-70 se había puesto de moda las construcciones a base de hormigón armado. La llamada “arquitectura brutalista” intentaba modelar edificios con nuevas figuras e imponentes formas geométricas utilizando bloques de hormigón a modo de arcilla. Otros tres exponentes de este estilo son el Teatro Argentino, el Ministerio de Obras Públicas y el Anexo del Banco Provincia de Buenos Aires.
Desde entonces el edificio “Tres Facultades” fue muy mal visto. Además de haber atentado contra el Patrimonio Fundacional y romper el tejido urbanístico, su interior carecía totalmente de gracia y belleza. Algunos investigadores, como el arquitecto y ex Presidente de la UNLP Fernando Tauber, no dudaron en definirlo como “panóptico”. Es decir, una estructura carcelaria dónde las aulas y los pasillos (8 niveles y dos subsuelos) podían ser controlados desde unos pocos puntos. Peor aun, durante muchos años estuvo pintado de un insípido color verde.
Con la reconversión completa del edificio, cambió su nombre de “Tres Facultades” al de “Sergio Karakachoff”. Mientras que el estilo osco, brutalista, carcelario y opaco se lo modificó para adoptar algunos parámetros del modernismo de Curutchet. Los espacios se abrieron hasta confundirse unos con otros; jugando con la ventaja de las grandes ventanas, galerías, balcones, pasajes y figuras geométricas decorativas.






Ubicación: Calle 48 n°575 entre 6 y 7.
Entrada: Libre y gratuita. 
Abierto: miércoles a sábados de 14 a 19 horas. 
Visitas Guías: miércoles a viernes a las 17horas.

https://www.visitalaplata.com.ar/2019/12/ayudanos-crecer.html
En varios rincones de la ciudad hay un rostro que observa en silencio, a la espera de que algo suceda. No busca venganza ni nuevos horrores; solo espera por Justicia. Lo vemos las Plaza San Martín y Moreno, en el Edificio Karakachoff, en casi todas las Facultades, por la avenida 44 y en el mayor Centro Cultura de la localidad de Los Hornos. Su nombre es Jorge Julio López, siempre presente, nunca ausente.

El 18 de septiembre del 2006 no fue un día cualquiera. Después de ocho años de lucha jurídica, los Juicios por el genocidio perpetrado durante la última dictadura militar llegaban a un punto de inflexión. El asesino Miguel Osvaldo Etchecolatz estaba obligado a presenciar los alegatos finales. Por primera vez vería cara a cara a algunas de sus víctimas, y al día siguiente escucharía la condena. Pero esa mañana algo muy trágico ocurrió. El ex albañil Jorge Julio López, testigo clave de la causa, no estaba presente. Había desaparecido en el barrio de Los Hornos. Su ausencia podía demorar la última etapa del juicio; y peor aun, podía transformarse un mensaje contra cualquier otro testigo.

En 1976 Argentina sufría una inmensa ola de odio y violencia política en las calles, lo cuál funcionó como la excusa perfecta para que las Fuerzas Armadas emprendan un Golpe de Estado y una feroz acción represiva. En este contexto, Julio López, de 46 años y peronista de toda la vida, frecuentaba la Unidad Básica “La Maestre”. Conocía a varios jóvenes que militaban en la Juventud Peronista y en la organización clandestina Montoneros; pero principalmente era un albañil que había realizado varias obras en dependencias policiales y militares. A ojos de los represores era alguien que sabía demasiado y con amistades peligrosas.


En diálogo con la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, Rubén López, hijo de Jorge, cuenta que a los 12 años vio como el 27 octubre 1976, entre la 1:30 y las 2:00 de la mañana, una patota ingresó por la fuerza a su casa. Los golpearon y se llevaron a su padre. Junto a su madre buscaron al párroco de la iglesia San Benjamín, quien los acompañó hasta el Regimiento N°7 (actual Plaza Malvinas), pero la única respuesta que recibieron fue la amenaza de un fusil FAL. Jorge estuvo detenido y desaparecido hasta mediado de 1979. 
Tras regresar a su casa, con varias heridas mal sanadas y horribles recuerdos, Julio López se mantuvo en silencio durante casi 20 años. Celebró el retorno de la democracia (1983), pero no testificó en la CoNaDep. El cambio llegó cuándo el ex Presidente Dr Carlos Menem firmó los indultos. En absoluto secreto se relacionó con la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos y otras organizaciones. Sin avisarle a nadie, el 7 de julio de 1999 declaró como testigo en el Juicio por la Verdad de La Plata en la Cámara de Federal de Apelaciones. No solo narró sus tormentos, también fue testigo de fusilamientos y pudo identificar lugares claves para la causa.
En paralelo el país revisó y actualizó sus leyes, lo cual abrió una ventana mayor para juzgar penalmente los delitos de Lesa Humanidad. De este modo comenzó una segunda oportunidad, dónde el Tribunal Oral en lo Criminal Federal N° 1 de La Plata abrió una causa contra Miguel Osvaldo Etchecolatz. En 1986 había sido sentenciado a 23 años de cárcel como responsable de haber ejecutado 91 tormentos y asesinatos, pero fue beneficiado por Ley de Obediencia Debida.

La nueva Causa Etchecolatz comenzó en el año 2006. Era el primer juicio contra la Dictadura desde 1986. Y más aun, el foco no estaba sobre un represor cualquiera. Miguel Etchecolatz había sido el Director General de Investigaciones de la Policía Bonaerense, había sido la mano derecha del General Ramón Camps, dirigió 21 Centros Clandestinos de Detención y fue el culpable de la Noche de los Lápices Rotos. Su condena o absolución significaban demasiado.

El 28 de junio de 2006, en el Salón Dorado del Palacio Municipal, Julio López dio un testimonio de casi 2 horas. Esta vez lo acompañó su familia, quien por primera vez pudo escuchar su historia. Aquel pasado 27 octubre 1976 fue arrastrado de su casa y le taparon la cara con su pulóver amarillo, sin apreciar que era un poco traslúcido. Fue así que pudo grabar en su memoria algunos rostros y voces, entre ellos Miguel Etchecolatz y Hugo Guallama. Luego de continuar un recorrido de operativos, los detenidos fueron trasladados al CCD Cuatrerismo dónde recibieron las primeras torturas. A los pocos días fueron llevados al CCD Pozo de Arana, en calle 137 esquina 640. Fue aquí dónde Julio López estuvo mayormente detenido, logrando identificar a varios torturadores. También en este lugar fue testigo del fusilamiento de Patricia Dell'Orto y Ambrosio de Marco, entre otras víctimas que no pudo identificar. Los sucesos abrían ocurrido el 8 o 9 de septiembre como venganza a un ataque subversivo contra una Departamental de la Policía. Uno de los ejecutores (no identificado), descrito como gangoso, emuló al ex Presidente Perón diciendo que mataría a cinco por cada uno de ellos. Poco antes de morir, sabiendo lo que ocurriría, Patricia le dijo “López, no me fallés. Si salís… el único que puede salir de nosotros sos vos. Andá, buscalos a mi mamá o a mi papá, a mis parientes, a mis hermanos y deciles… y dale un beso a mi hija, de parte mía”.


Julio López fue uno de los pocos testigos que sobrevivió y pudo identificar el CCD Pozo de Arana. No solo logró dar precisión sobre los espacios de demostraron la existencia y funcionamiento, sino que también dio paso al descubrimiento de una zona de fusilamiento. Un lugar dónde se encontraron 10 mil fracciones de restos óseos. El procedimiento era acumular los cuerpos, dinamitarlos con granadas y finalmente quemarlos antes de ser sepultados. Algunos eran fusilados, pero muchos otros morían torturados o por las pésimas condiciones de hacinamiento. Comían solo cada dos días, no se bañaban, hacían pozos para calentarse en invierno y proliferaban los hongos, piojos y la sarna.

Tras presenciar la masacre de Arana, Julio López fue trasladado a la CCD de la Comisaría Quinta (Diag 74 Nº 2873) y luego al CCD de la Comisaría Octava (Av 7 y 74). Aquí el cambio de las condiciones fue casi total. Primero pudo bañarse y afeitarse. También comía todos los días, dormía en un colchón y hasta le permitieron salir a patio para las Fiestas. En otras palabras, lo preparaban para blanquearlo, que parezca un preso común.
El 4 de abril de 1977 el dictador Rafael Videla puso a Disposición del Poder Ejecutivo a varios detenidos desaparecidos, es decir que los legalizaba. De este modo, de la nada, Julio López comenzó a figurar como detenido dentro de la Unidad 9 (Calle 76 e/9 y 11). Originalmente iba a ser llevado al Penal de Olmos, pero no había celdas disponibles. Y finalmente, dos años más tarde, volvió a su casa. Jamás dijo una palabra sobre lo que había pasado. Tenía miedo por la seguridad de su familia y vergüenza por haber sobrevivido.


Antes del 18 de septiembre de 2006, según contó Rubén López en diferentes entrevistas, su padre estaba muy entusiasmado por volver a Juicio y mirar a Miguel Etchecolatz durante los alegatos. El domingo 17 por la noche, luego de dejar la ropa lista sobre la mesa, estuvo mirando los resúmenes del fútbol y los goles de Boca Juniors. Pero algo pasó. Cuándo su hijo Hugo se despertó a las 7 de la mañana ya no estaba. Pensaron que tal vez solo había salido a caminar, pero se hicieron las 9 y no volvía. Era demasiado raro, era una persona muy puntual y de costumbres muy precisas.
A las 10 debía comenzar el juicio, y era imprescindible la presencia de los testigos. Pero con esta noticia creció la tensión, la confusión y el miedo. La familia hizo la denuncia en la Comisaría Tercera de Los Hornos, dónde todo se convulsionó al escuchar el apellido Etchecolatz. Los abogados lograron que el juicio no se frene, la policía se movilizó para la búsqueda y los teléfonos comenzaron a sonar por toda la ciudad de La Plata. Las Facultades, los sindicatos, los partidos políticos, los organismos de Derechos Humanos y muchas ONG también se pusieron en alerta y cesaron las actividades. Todos buscaban y luchaban por Julio López. Esa misma noche decenas de miles de personas marcharon pacíficamente desde Plaza San Martín hasta Plaza Moreno. La primera movilización, pero no la última. Cada año se repite para recordar que la búsqueda y el pedido de Justicia aun continua.
Cuatro testigos lo vieron caminando cerca de 140 y 66 en la mañana del 18. En su casa faltaba un yogui que usaba para dormir, el calzado laboral, su tradicional boina y un pulóver que solo usaba para salidas importantes. También faltaba un cuchillo pequeño. Por si no fuera poco, veinte días más tarde apareció su llavero tirado en el jardín, lo cual solo sumó incertidumbres.


Se realizaron decenas de rastrillajes y pericias. Se viajo hasta General Villegas, provincia de La Pampa, dónde nació y se encuentra enterrado su padre. Incluso hubo una pericia en la provincia de Misiones luego de una falsa alarma de la Aduana que había activada por un empleado negligente (familiar de un intendente). Su justificación fue que quiso “probar”, ver lo que pasaba si ponía los datos de Julio López en el sistema. Sea por impericias, por la presión del caso, por la actividad de organizaciones pro-dictadura, por encubridores, por personas mal intencionadas, por la falta de protección a testigos, o tal vez por de todo un poco; Jorge Julio López aun no volvió. Y si bien su rostro, su boina y su pulóver ya no están; la imagen aun camina por las calles de nuestra ciudad.

El 19 de septiembre de 2006 Miguel Osvaldo Etchecolatz fue encontrado culpable de homicidio calificado, privación ilegal de la libertad calificada y aplicación de tormentos contra 8 personas entre octubre y noviembre de 1976. Fue condenado a Cadena Perpetua y sin beneficio de prisión domiciliaria porque también se demostró que durante su arresto domiciliario previo mantenía ilegalmente una pistola y una “cantidad significativa de municiones". También estuvo involucrado en unas amenazas con un arma de fuego, aunque la defensa alegó que solo era de juguete.
Con el paso de los años sumó nuevas condenas por otros juicios vinculados. Durante el proceso de “La Cacha”, en el año 2014, fue sorprendido con un papel que decía “Jorge Julio López” y “Secuestrar”. 

Miguel Etchecolatz murió el 2 de julio de 2022 en la Unidad 34 de Campo de Mayo. En su contra tenía siete condenas a prisión perpetua y otros procesos judiciales en curso. Murió prácticamente solo y con el repudio semi-público de su propia ex hija, quien pidió el cambiarse el apellido en rechazo al represor.

https://www.visitalaplata.com.ar/2019/12/ayudanos-crecer.html
En los jardines de Plaza Italia hay una emblemática figura sentada sobre un pilar. Mirando hacía el horizonte, este eterno trabajador está hundido en sus pensamientos. ¿En qué piensa? ¿En su creador? ¿En su tierra natal? ¿En sus obligaciones? ¿En la familia? ¿En su legado cultural? ¿En las injusticias de su tiempo y del presente?

Desde principios del siglo XX vive en Plaza Italia una verdadera joya entre las joyas del arte. Bautizada como “El Trabajador”, se trata de una escultura del estilo realista simbólico realizada por el escultor italiano Alessandro Laforet, quien supo ser uno de los grandes artistas de su momento.
Hecha íntegramente en bronce, se trata de una escultura masculina casi desnuda que de estar parado mediría aproximadamente 2 metros. Descalzo y apenas cubierto por una tela desde la cintura para abajo, lo vemos sentado en un pilar mientras toma un descanso. En su mano derecha sostiene un  martillo/maza, el simbolismo por excelencia para los obreros industriales. Por el detalle de sus venas, tendones y dedos podemos determinar que lo hace con mucha firmeza. Mientras tanto, reclina su cabeza y pensamientos sobre su mano izquierda.

    

Como herencia del renacentismo, dónde se priorizaba la imagen humana, la perfección del cuerpo, la musculatura y la desnudez nos narra el carácter del personaje. Es decir que nos encontramos frente a un trabajador honrado y comprometido que se esfuerza en sus labores. Incluso, con el permitido de hacer una lectura desde el estilo grecolatino clásico, nuestro obrero posee rasgos faciales masculinos suaves que podrían denotan su bondad. Esta característica se nota mejor en las estatuas de Creugas vs Damóxenos en Plaza San Martín
Indistintamente del ángulo de observación, su mirada siempre es abierta y pura; pero modificando nuestra inclinación comienza a cambiar su enfoque y expresión. Desde un nivel normal pareciera que está descansando y esperando, pero a medida que tomamos una postura contrapicada o supina, su rasgo facial y ocular se proyecta hacía un horizonte más reflexivo; casi como una consonancia poética del momento personal del autor.

    

Alessandro nació en Milán el 26 de marzo de 1863, en el ceno de una clase obrera sumergida en la reunificación italiana y los procesos de la revolución industrial. Durante su juventud ingresó a la Academia de Bellas Artes de Brera (pública) dónde tuvo de maestros a Lorenzo Vela, Raffaele Casnedi, Ambrogio Borghi y Francesco Barzaghi. 
Gracias a su infinito talento y compromiso, participó por primera vez en las exposiciones de la Academia con la obra “Indiferencia” (1882), "Compiacenza e Pregolazione" y "El Arrotino Arrigobello" (1883) y una estatuilla de "Garibaldi" (1886). La perfección de sus trabajos lo llevaron ser invitado de la revista de la Sociedad de Bellas Artes y Exposición Permanente. Durante este periodo inicial se concentró en pequeñas obras destinadas a los salones de la burguesía nacional. Estos trabajos en bronce y mármol concentrados en temáticas de la maternidad y la infancia, de tan solo 20-30 centímetros, se cotizan actualmente por encima de los 800 euros.
Laforet podría haberse conformado con estos trabajos, pero él era parte un momento histórico dentro del Reino de Italia. La reunificación había permitido que el Estado se concentre en el desarrollo interno: educación pública, ley electoral, industrialización y comercio. Pero la contracara de estos avances fue la explotación laboral, la suba de impuestos a los trabajadores, la inflación y la brutal represión a los sindicatos (anarquistas y socialistas). De hecho en 1898 ocurrió la Masacre de Bava Beccaris (Milán), dónde habrían muerto 400 personas y otras 2000 resultaron heridas.

   

Influenciado por este tenso contexto social, Laforet realiza sus primeras grandes e hipersensibles obras como: La Huérfana (1891), "Niña Enferma" (1894) y La Costurera (1897). Este nuevo enfoque, más comprometido con sus sentimientos y preocupaciones, le brindó un reconocimiento dentro y fuera del ambiente artístico. Sus dibujos, bocetos y grabados fueron muy bien recibidos por el periódico "Unión de Mujeres", quienes luchaban por los derechos de las trabajadores y las madres. Es entonces cuándo gana el Primer Premio de Fundación Tantardini y comienza su gira internacional. En el 1900 ganó una medalla de bronce en la Exposición Universal de Paris. Luego también se presentó en Saint Louis (1904), Munich (1909), Buenos Aires (1910) y Barcelona (1911); entre otros destinos.
Su visita a la Argentina no fue casual ni menor. Este viaje se enmarcó en el mayor suceso artístico del subcontinente: "La Exposición Internacional del Centenario". En su momento fue la versión latinoamericana de la Exposición Universal de París. En esta ocasión se presentó con la obra de mármol titulada “La Costurera” (N°134 del Catálogo). De este modo, y al muy poco tiempo, se adquirió “El Trabajador” de Plaza Italia; siendo esta una de las pocas obras del autor que pueden ser disfrutada en un espacio abierto al público.

Una historia trágica ocurrió con gran parte de obra maestra. En 1902 Laforet ganó el concurso para el monumento a Giuseppe Verdi organizado por la ciudad de Trieste. El magnífico trabajo fue inaugurado en 1906, pero nueve años más tarde fue destruido durante la Primera Guerra Mundial. Recien en 1926 se logro realizar una réplica en bronce. 
Luego de 1918 fue contratado para construir varios monumentos en tributo a las víctimas de la Gran Guerra en las comunas de Cannobio, Cerro Maggiore, San Giuliano Milanese, Vignone y Vignate. Tristemente, como si fuera una tragedia griega, algunas de estas imágenes fueron fundidas para fabricar nuevas armas para la Segunda Guerra Mundial (Cerro Maggiore - 1941). Otras fueron destruidas por los bombardeos (Niña Enferma - 1944). Entre las pocas obras exhibidas al público que sobrevivieron está la estatua de Santa Ada de la Catedral de Milan (1902).

En paralelo a su historia como artista consagrado, jamás olvidó sus raíces obreras. Por ello Alessandro fue profesor de dibujo y arte en las Escuelas Cívicas Nocturnas de Milán y en las Escuelas Obreras de Seveso, Cesano Maderno y Bovisio Masciago. Posteriormente ascendió al cargo de Inspector de Escuelas.

Alessandro Laforet murió en Milán el 26 de enero de 1937; pero parte de sus creencias y preocupaciones quedaron para la posteridad; plasmadas en todas sus obras, y particularmente en la mirada profunda de "El Trabajador". Ese sujeto que luego de 100 años sigue esperando, observando y reflexionando. 
¿Rememora a su creador? ¿Piensa en las injusticias sociales y de la guerra? ¿Reflexiona esperanzado por cada amanecer? ¿Añora un futuro que aun está por llegar?. Para conocer la respuesta hay que ir, sentarse, mirarlo e interpelarlo.


https://www.visitalaplata.com.ar/2019/12/ayudanos-crecer.html