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Leyendas del Palo Borracho

visita la plata | 13:34 |

Extravagante y particularmente atractivo. Hermoso y emblemático. Cientos de Ceibas Speciosas, conocidos cariñosamente cómo “Palo Borracho”, decoran la ciudad de La Plata. 

En el Paseo El Bosque, el Parque Vucetich, Parque Alberti, Plazoletas, avenidas y calles; allí están con su abultado vientre, el brillante verde y las enormes espinas. En su mayoría se elevan entre 10 y 25 metros, mientras almacenan grandes cantidades de agua en su base.
Entre el verde de sus ramas y hojas crecen hermosas y grandes flores marmoladas, de 10 a 15 centímetros. Sus flores de cinco pétalos poseen un centro blanco cremoso que gradualmente se transformar en un rosado.

Las ramas tienden a ser horizontales y también están cubiertas de aguijones. Hojas compuestas con cinco a siete folíolos normalmente cerrados. Flores de cinco pétalos con el centro blanco cremoso y rosa en la zona distal, miden 10-15 cm de diámetro. Su dulce néctar es un atractivo irresistible tanto para los colibríes como para las mariposas monarca. 
Florece de enero a mayo en el hemisferio sur, con el clima tropical y subtropical. El fruto es una vaina ovoide de textura leñosa de 20 cm de largo, con semillas parecidas a garbanzos que al madurar se rodea con una blanca masa de fibra algodonosa, similar al algodón o la seda.
Oriundo de las selvas sudaméricas, dos leyendas americanas narran su surgir. Dos historias muy diferentes y similares; una de amor maternal y perdón, la otra de amor y lealtad.

      


Leyenda Qom

"El Coptanoón, que había creado aquí abajo todo cuanto la Naturaleza ofrece se detuvo a contemplar a sus hijos – cuyos cuerpos habían animado con chispas de luz – y antes de retirarse a su luminoso hábitat dejó servidores que los auxiliaran.
Entre los seres que tenía a su servicio el Genio, poderoso y justiciero, había animales y plantas..., y entre éstas, un árbol cuyo oficio era procurar maternalmente que no faltase alimento a los tobas de las costas del Ipití (río Bermejo).
Este árbol tenía el tronco abultado, como si fuera un vientre grávido; y de sus entrañas, dicen que salía el germen de muchas vidas acuáticas, cuyo alimento cotidiano hacía fácil la existencia de los hombres. Cuando disminuía la pesca y ellos encontraban amenazadas de esterilidad las aguas del Ipití, realizaban en torno al árbol ventrudo, a quien comenzaron a llamar “la madre”, ceremonias y rituales destinados a peticionar abundancia de peces.
Y, “la madre” parecía escucharlos: su vientre se iba hinchando más y más, para luego agitar allá adentro sus entrañas,... y tras el misterio del abultamiento, la generosa respuesta se traducía en alimento abundante. Si los ruegos habían sido atendidos; las aguas – hasta entonces quietas – empezaban a moverse y a llenarse de peces que la madre gestara pródigamente en su seno.
Este acontecimiento era celebrado durante semanas enteras, con danzas y canciones que ponían acentos de inspiración agradecida en amas márgenes del Ipití.
Un día... ya había pasado el invierno, las tribus habían reñido... las aguas estaban quietas... y los peces se movían en la costa. Ya iban quedando pocos.
Los tobas se acercaron a “la madre” y entonaron sus peticiones.
Durante muchas noches, apenas salía el lucero, las notas angustiosas de un himno suplicaban: Era, era, era, gait...
Pero el árbol parecía indiferente ¿es que estaba enojado?
Y allá se perdían los ecos, tras el último ramaje: era, era, era, gait...
La angustia iba en aumento... el hambre ya se sentía... ¿Es que “la madre” estaba enojada?
Y no faltó el ingrato que, preparó su arco... eligió una flecha fibrosa...flecha de guerra, con el huesito en la punta para que lastime y penetre hondo... y apuntó al vientre de “la madre” que ya empezaba a abultarse lentamente.
Al traspasarlo, arrancó con el grito temeroso de la tribu, el trueno en que rugía la ira del Noón.
Se enlutó el cielo, y... a lo lejos, un ruido extraño se sintió venir como amenaza justiciera...
Los tobas tuvieron miedo... vieron agitarse las aguas que parecían teñirse en sangre... y, el río empezó a crecer, a crecer, de un modo alarmante, como si persiguiera con su furia a los ingratos.
Estos, ocultándose tras los bosques vecinos, se alejaban huyendo del castigo.
Cuando el río pareció aplacarse y las aguas volvieron al cauce fueron en busca del árbol herido para pedirle que los perdonase. Lo encontraron si con el vientre cubierto de gruesas espinas con las que parecía rechazarlos.Las suplicase repitieron una y otra vez... Iooo sañoa sañoa sañoa iooo sañoa sañoa sañé e sañoa e sañoa Sañé
“La madre” debe haberlos perdonado, porque dicen que en el Bermejo siempre hay pesca. Pero...eso si, el ruido de la creciente que baja enfurecida todos los años, les recuerda ese episodio, mientras las aguas teñidas de rojo de ese río al que ahora llaman Inaté, les está mostrando el horrible castigo que trae el revelarse contra “la madre”.
¿Que ella los perdonó? ¡No cabe duda! La prueba está en que las flores del palo borracho, como algunos dieron en llamarlo después, son cada vez más hermosas.
¿Por qué entonces la coraza de espinas? Dirán algunos que “la madre” lo perdona todo; pero el justiciero no perdona que se ultraje a una criatura tan digna de respeto y veneración.
Un hombre arrojó la flecha... y el Genio supo dónde poner las espinas.
Todavía ahora, en las noches de luna llena, cuando la crecida arremete en salirse de madre... los tobas cantan en la lejanía de los bosques: eiooo sañoa, eiooo sañoa, e sañoa e sañoa sañé."

Leyendas argentinas en la voz y en la pluma de Inés García de Márquez, 1957. Compaginación de Victoria Mabel Romero, 
Museo Histórico Regional Ichoalay, Resistencia, Chaco.



Leyenda Popular

En los tiempos en que la luna bañaba su precioso disco en las aguas de los grandes ríos aprisionados en la floresta, existía una tribu de indios cuyos hombres eran de un valor extraordinario, y sus mujeres de mágica hermosura. Una de ellas sobresalía de todas por su exquisita bondad que se unía a sus nobles condiciones, para completar un digno marco de atracción y de alabanzas. Muchos guerreros ambicionaban llevarla a  su tienda por compañera, y muchas estrellas fueron testigos de las rondas y canciones que le prodigaban al son de instrumentos de sonoros acordes.
La joven india, que había rendido las pruebas que se exigían a las mujeres de su tribu llegadas a la pubertad, tenía su elegido en uno de ellos de su pueblo. Era un esbelto guerrero que en más de una ocasión había puesto a prueba su coraje. El amor los fue uniendo hasta que quiso la fatalidad que la tribu se trabara en lucha con otros enemigos. Partió el enamorado con sus compañeros, no sin antes solicitar de los labios de la amada la fidelidad que guardaría durante su ausencia.
Ella le prometió un amor eterno y juró sobre los huesos de sus abuelos que no uniría su cuerpo a otro que no fuera el que había elegido y amado con extraño frenesí. Su espera sería eterna, hasta que las sombras la arrojaran en medio de la noche y la muerte le diera el sosiego a su espíritu dolorido. Al no recibir noticias de su amado, se internó en la selva, para dejarse morir.
Una mañana a la llegada de la primavera, los indios que iban a cazar, la encontraron muerta. La levantaron y la pusieron en una parihuela, notaron que sus brazos se alargaban en forma de ramas y que su cuerpo se redondeaba tomando la forma de un árbol de extraña configuración. Su cabeza se doblegó hacia el naciente, sobre el tronco y de los dedos empezaron a brotar flores blancas de gran hermosura.
Los indios retornaron asustados a su tribu contando lo que habían visto. Sólo algunos días después se animaron a volver al lugar donde la india había muerto. Comprobaron que las flores se habían teñido de un ligero color rosado y que ya no había quedado ningún vestigio de humanidad. El árbol se levantaba seguro sobre su robusto tronco y su ramaje florecido, se desparramaba en su graciosa copa.
Termina la leyenda diciendo que las flores blancas son sus suspiros de amor y las lágrimas de la india que se tiñen de rosa por la sangre derramada en el campo de batalla, y que las raíces del árbol absorben de la tierra para elevarla a las corolas.

"El mito, la leyenda y el hombre" 
Usos y costumbres del folklore. Félix Molina Tellez.


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