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Un Jachkar Armenio en La Plata

Visita La Plata | 1:10 |

Caminar por algunas ramblas platenses puede ser un hermoso paseo entre los árboles, y al llegar a la esquina de 14 y 53 aparece una inmensa y rara cruz cristiana. Pero lejos está de sólo un símbolo religioso, también es un monumento a una de las más oscuras historias de la humanidad: El Genocidio Armenio.

A fines del siglo XIX la Argentina se presentó al mundo cómo una tierra de grandes promesas. Miles de inmigrantes dejaron sus países, huyendo de las guerras o las situaciones económicas. Pero a diferencia de la mayoría, los Armenios huían de su propio gobierno imperial, quien se había propuesto exterminarlos para consolidar una pureza otomana. Sea ya en las eternas caminatas por el desierto, campos de concentración y fusilamientos masivos en los pueblos; se estima que cerca de 1,5 millones de personas fueron asesinadas.
Solo abandonando sus tierras, huyendo de las autoridades, podrían salvar su vida. Decenas de miles llegaron a la Argentina, a través de los puertos de La Plata, Buenos Aires y Rosario. Actualmente se estiman en 150 mil los descendientes de tercera y cuarta generación. En comparación a otros colectivos no parece una cifra tan grande, pero en su momento el país fue el hogar para la tercera colonia de refugiados más grande del mundo. Muchos de los llegados en la década de 1920 se establecieron primero en las ciudades de La Plata y Berisso, atraídos por las posibilidades de trabajo en los frigoríficos.

Durante décadas se intentó ocultar o ignorar el primer gran genocidio del siglo XX, frente a las denuncias de ONGs, Colectividades e Intelectuales. En 1965 Uruguay se transformó en el primer país que reconoció la masacre. Con el retorno a la democracia, el Presidente Raúl Alfonsín hizo lo mismo, y juntos impulsaron el proyecto de reconocimiento y condena dentro de la ONU. De este modo en 1985 la Subcomisión de Derechos Humanos de la ONU reconoció el Genocidio Armenio cómo Delito de Lesa Humanidad. Lamentablemente solo 22 países adhirieron; y luego de 35 años, solo son 30 mantienen el pedido y condena.

En 2009 se instaló en la esquina de 14 y 53 un Jachkar, es decir una “Cruz de Piedra Armenia”, la tercera colocada en el país. Esta escultura es uno de los mayores símbolos de la cultura Armenia, pues datan del siglo III, cuándo el país fue evangelizado y se convirtió en el primer territorio oficialmente cristiano del mundo.
El monumento tiene una altura de 2,30 metros, 0,8 metros de ancho, una profundidad de  30 cm y pesa 800 kilos. Fue fabricada en la República de Armenia, dónde fue esculpida con buril, gubia, punzón fino y martillo. Además fue pulida con arena fina y revocada con arcilla y cal.
Estas cruces son construidas para ser colocadas en lugares especiales. En consecuencia la cruz principal es acompañada por otros símbolos: Sol, rueda de la eternidad, vegetación, santos, animales y figuras geométricas. Son obras escultóricas dedicadas a la fe, al recordatorio de los seres queridos, o en memoria de hechos históricos.
Cuándo fue inaugurada en abril de 2009, el embajador armenio, Vladimir Karmirshalyan, recordó que la Argentina recibió una importante comunidad de sobrevivientes del Genocidio.


El Genocidio
El pueblo armenio forma parte de las culturas más antiguas de Oriente. Su localización estratégica entre dos grandes continentes la llenó de una riqueza cultural única, pero también la expuso a continuas invasiones: asirios, persas, romanos, bizantinos, árabes, turcos selyúcidas, mongoles y rusos. Pese a todo el sufrimiento y opresión, la cultura armenia prevaleció y se expandió. 
Finalmente desde el siglo XV el Imperio Otomano, encabezados por el sultán Selim II ocupa la región. Con un frágil equilibrio, el pueblo armenio se integró como ciudadanos de segunda, pero siempre serían un chivo expiatorio frente a cualquier problema dentro del imperio. 
Hacía fines del siglo XIX el Sultán Abdul Hamid II inició una matanza contra los pueblos no-otomanos que exigían mayor igualdad social y la creación de un parlamento. Se estima que 300 mil personas fueron asesinadas durante la cruel persecución. Además se los acusaba de estar detrás de la decadencia imperial y la derrota en la guerra contra los rusos.

En 1908 ocurre el Golpe de Estado de los “Jóvenes Turcos”, quienes prometían reformas sociales y políticas; pero lejos estuvo la realidad. Sumergidos en una guerra civil y en la Guerra de los Balcanes, los armenios y otras étnias volvieron a ser marcados como los culpables de todo. Solo la Masacre de Adana (1909) dejó 30.000 muertos civiles. 
El ala nacionalista de los “Jóvenes Turcos” se impuso en el Gobierno. Ellos creían en la necesidad de purificar el imperio y volver a las raíces islámicas. Las ideas de la pureza racial estaban en su apogeo colonialista. Y con el inicio de la Gran Guerra, el 15 de noviembre de 1914, Sheik-ul-Islam del Imperio Otomano proclamó la “Guerra Santa” contra los cristianos internos y externos.

El 25 de febrero de 1915, el Estado Mayor Otomano difundió la Directiva 8682 del Estado Mayor. Todos los hombres armenios que combatían fueron enviados a la retaguardia con el pretexto de asistir a la logística, pero el verdadero objetivo era fusilarlos. Con la excusa de reclutar nuevos combatientes, recorrieron los pueblos para llevarse los hombres en edad de Servicio Militar.
La desprolija medida pronto quedó al descubierto. Los poblados se resistieron y muchos líderes trataron de organizarse, pero fue tarde. La noche del 23/24 de abril de 1915 comenzó “el Domingo Rojo”. Un operativo para secuestrar, encarcelar y asesinar más de 250 referentes sociales: políticos, intelectuales, científicos y religiosos.

Sin líderes sociales ni capacidad para resistir, el 29 de mayo de 1915 el Comité Imperial (CUP) aprobó la deportación masiva de armenios y otras minorías (Ley Tehcir). Con el pretexto de cuidar a la población civil, se decomisaron los vienes y se los obligó a marchar sin provisiones por el desierto.
Cientos de miles de armenios, cristianos, asirios y griegos fueron sometidos al calor, el hambre, la sed y el castigo físico. Lejos de estar “protegidos de la guerra”, sufrieron el continuo acoso de los soldados otomanos y fuerzas parapoliciales: robos, golpizas, tiroteos, abuso sexual y trata de personas.
Primero debieron caminar hasta la ciudad siria de Deir ez-Zor y al desierto circundante; dónde encontraron que no tenían instalaciones ni suministros para sobrevivir. Lejos de terminar con el calvario, se construyeron 25 campos de concentración y exterminio: asfixia, gas, experimentos médicos, fusilamientos, incineraciones en masa.

Si bien no hay acuerdo entre los investigadores, se cree que antes del genocidio había casi 2 millones de armenios en el territorio del Imperio Otomano. Tras los sucesos de 1915-1922, solo quedaban unos 200 mil. Un millón y medio no habría sobrevivido.
Mientras tanto, el gobierno incautó todas las propiedades y destruyó la mayor parte de la herencia cultural, entre ellos 2000 iglesias, 200 templos y una incalculable cantidad de escritos.


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