Un Nazi en La Plata (Parte 2): La Captura
Tras casi 40 años de impunidad absoluta, el viento comenzó a cambiar. Con el retorno de la democracia en Argentina, las investigaciones y procesos contra los criminales de la Segunda Guerra Mundial recuperaron su curso. El nuevo Estado de derecho ya no sería el refugio tolerante para los mayores genocidas de la historia, aunque el camino distaba mucho de ser sencillo: había que localizar a los fugitivos y desmantelar las complejas redes legales y de protección construidas durante décadas.
El juego del gato y el ratón
En 1985, impulsada por el incansable pedido de Simón Wiesenthal y el matrimonio Klarsfeld, la maquinaria judicial se puso nuevamente en marcha. Para entonces, Joseph Schwammberger ya integraba la lista de los diez criminales nazis más buscados del planeta.
La nueva orden de captura fue firmada por el Dr. Vicente Bretal, al frente del Juzgado Federal N° 3 de La Plata. Sin embargo, el rastro del exoficial de las SS era errático y las filtraciones informativas seguían siendo un peligro latente dentro de las fuerzas de seguridad. Esto dio inicio a una persecución nacional que duró dos años; un tenso juego del gato y el ratón donde Schwammberger lograba, una y otra vez, escabullirse en las sombras.
La caída en las sierras
Un factor determinante para romper el silencio fue la recompensa: el gobierno alemán ofreció 500.000 marcos (una cifra que hoy superaría los 800.000 dólares) a quien aportara datos certeros. Aunque la identidad del informante permaneció bajo secreto de Estado, el pago se efectuó y el cerco finalmente se cerró.
El 13 de noviembre de 1987, durante la calma de la siesta cordobesa, el juez Julio Rodríguez Villafañe encabezó el operativo en una modesta pensión de Huerta Grande. Acompañado por diez efectivos, el magistrado subió solo al primer piso. Allí, en una habitación austera, encontró a un Joseph Schwammberger anciano y agotado. El otrora temible comandante de las SS solo llevaba consigo una valija de viaje: el magro equipaje de un hombre que había recorrido el país intentando, en vano, escapar de su propio pasado.
La batalla en los tribunales
Sería reconfortante decir que la historia terminó con aquel arresto en las sierras, pero el camino hacia la justicia apenas comenzaba. Schwammberger fue trasladado a La Plata, la jurisdicción donde se había originado su pedido de captura original en 1973. Allí, sus abogados desplegaron una artillería legal desesperada para frenar la extradición.
La defensa apeló a todos los recursos posibles: su avanzada edad, un estado de salud supuestamente frágil y su condición de ciudadano argentino. Incluso intentaron argumentos técnicos cínicos, como la prescripción de los delitos de asesinato y hurto, la inexistencia de tratados previos de extradición con Alemania y —en un giro surrealista— la teoría de que el gobierno alemán de la posguerra no era el sucesor legal del Tercer Reich.
El fallo que hizo doctrina
El caso escaló hasta la Corte Suprema de Justicia, convirtiéndose en un dilema jurídico nacional. Los magistrados debieron debatir puntos críticos: ¿prescriben los crímenes contra la humanidad? ¿Es válida la "obediencia debida" en un genocidio? ¿Cómo actuar ante la falta de tratados internacionales específicos?
Finalmente, el 20 de marzo de 1990, la Corte dictó sentencia firme. Con la firma de los magistrados Enrique Petracchi, Carlos Fayt y Jorge Bacqué, se autorizó la extradición de Schwammberger. Al conocer la noticia esa misma noche, el excomandante intentó suicidarse con una sobredosis de tranquilizantes en su celda; un último acto de cobardía ante el destino que ya no podía evitar.
Este fallo (Interno S000000645) fue histórico. No solo enviaba a un criminal a rendir cuentas, sino que consolidaba una doctrina que marcaría el fin de la impunidad nazi en Argentina, sumándose a las detenciones de otros fugitivos como Walter Kutschmann y Olij Hottentot.
El juicio en Stuttgart: El fin de la sombra
En 1992, Joseph Schwammberger finalmente se sentó frente al tribunal alemán de Stuttgart. Lo que siguió fue un desfile de horror y valentía: cerca de 40 sobrevivientes viajaron desde distintos puntos del mundo para señalarlo. No solo buscaban justicia por las muertes, sino dejar constancia del sadismo del acusado; de ese placer casi palpable que Schwammberger sentía al asesinar.
La prensa alemana de la época (como el diario AZ) reportó que se recopilaron más de 100 testimonios provenientes de los archivos de posguerra. En las audiencias, el silencio se hacía espeso al escuchar los detalles: la orden de ejecutar a un rabino que se negó a trabajar durante el Yom Kippur, el asesinato de un padre que intentó robar un trozo de pan para su hijo, o la macabra escena donde permitió que su perro despedazara a una joven de 19 años.
Max Wolfshaut Dinkes, uno de los pocos sobrevivientes del Ghetto de Przemysl, dejó una frase para la historia que resume el clima de aquel entonces:
“Desde el momento en que Schwammberger comenzó a reinar en nuestros talleres, dejamos de estar seguros con respecto al mañana. Cada semana hacía salir a los prisioneros y ordenaba ejecuciones... incluso de niños”.
Cadena perpetua
A pesar de los intentos de su defensa por mostrarlo como un anciano vulnerable, la justicia fue implacable. Fue encontrado culpable y condenado a cadena perpetua. El tribunal fue tajante al negarle cualquier beneficio de prisión domiciliaria, argumentando que la crueldad que él había ejercido con sus víctimas no admitía concesiones humanitarias.
Joseph Schwammberger, el hombre que caminó impune por las calles de La Plata durante décadas, terminó sus días en una cama del hospital carcelario el 3 de diciembre de 2004. Tenía 92 años y, por fin, el peso de la ley había sido mayor que el de sus redes de protección.
Los Nazis en Argentina: El trasfondo de un refugio
Se estima que al menos 220 criminales vinculados a los regímenes fascistas europeos buscaron refugio en suelo argentino. Sin embargo, para comprender este fenómeno, no basta con señalar simpatías aisladas; es necesario entender que la Argentina de mediados del siglo XX era un campo de batalla ideológico donde las influencias europeas habían calado hondo en los estratos más influyentes de la sociedad.
La huella prusiana en el Ejército
La influencia del nacionalsocialismo en el país tuvo una raíz institucional muy clara: la modernización del Ejército Argentino bajo el modelo prusiano. A principios del siglo XX, con la sanción de la Ley Nº 4031, Argentina giró su doctrina militar desde el enfoque de "milicias democráticas" hacia los modelos europeos verticalistas.
El caso emblemático fue el de Félix Uriburu. El oficial, que más tarde sería apodado "Von Pepe" por su admiración germana, pasó años de formación en la Prusia Imperial. A su regreso, no solo trajo tácticas militares, sino un desprecio profundo por la Ley Sáenz Peña y la democracia naciente, encabezando en 1930 el primer golpe de Estado del siglo XX. Esta tensión entre una Armada de orientación británica y un Ejército con ADN alemán marcaría el ritmo de las décadas siguientes.
Ciencia, pilotos y protección
Tras la caída del Tercer Reich en 1945, la lealtad hacia las potencias del Eje se transformó en una convivencia pragmática y un ideario compartido por sectores del poder. Figuras como el ingeniero aeronáutico Kurt Tank o el piloto Hans-Ulrich Rudel —quien tenía acceso directo tanto a Juan Domingo Perón como al dictador paraguayo Alfredo Stroessner— eran personajes públicos aceptados. Incluso el fallido Proyecto Huemul, liderado por el científico Ronald Richter, fue una muestra de la fascinación local por la tecnología alemana.
Esta red de influencias explica por qué, en 1960, el Estado de Israel decidió violar la soberanía argentina para capturar a Adolf Eichmann en la famosa "Operación Garibaldi". Sabían que, por las vías formales, la impunidad estaba garantizada por simpatizantes e informantes dentro de las propias fuerzas de seguridad.
La historia de Joseph Schwammberger en La Plata no fue, por tanto, una anomalía. Fue el resultado de décadas de una estructura que permitió que hombres con manos manchadas de sangre caminaran entre nosotros, protegidos por un silencio que solo la democracia argentina, años más tarde, se atrevería a romper.
Un Criminal Nazi en La Plata - Parte 1
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