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Una ciudad con cimientos de emigrantes

visita la plata | 15:06 | 0 comentarios

Al recorrer la ciudad uno se puede deleitar con grandes obras de arquitectura que nos recuerdan a los prestigiosos ingenieros y arquitectos, como Benoit y Meyer. Pero estos magníficos monumentos existen también gracias a miles de obreros y escultores que migraron y apostaron por una nueva ciudad.

Construir una ciudad capital desde cero en 1882 fue un gran desafío que encabezó el Dr. Juan José Dardo Rocha y su equipo. No poseía el respaldo del gobierno nacional y el país aun tambaleaba con el fin de la guerra civil. Muchos pensaron que jamás se construiría, en tanto otros creyeron que sería un gran fracaso. A los ojos de los detractores, se estaba construyendo una ciudad en un desierto. El mismísimo padrino de La Plata, el presidente Julio Argentino Roca, era uno de los fervientes opositores y desistió de ir a la fundación.
Considerando la situación política, económica e incluso técnica/tecnológica; la construcción de la ciudad de La Plata era una utopía. Pero se logró vencer el desafío gracias al fuerte impulso de la incipiente inmigración. 
El cronista italiano Basilio Cittadini escribió en 1882 “En Europa el pueblo se reiría a la cara de un gobierno que lo invitara para la inauguración de una ciudad nueva en un semi-desierto. Se diría que aquel gobierno era de peligrosos soñadores. Aquí en cambio, se colocará mañana la piedra fundamental de La Plata y dentro de pocos años, aquel lugar solitario será una ciudad populosa, industrial, palpitante de vida y llena de porvenir”.

El censo nacional de 1884 contabilizó 10.407 platenses, obrero que mayormente había llegado de España e Italia aprovechando la política migratoria del país. Solo de la península itálica habían llegado 4.126 hombres y 459 mujeres. Franceses y españoles computaban otro millar. El abogado Emilio H Daireaux, quien estuvo en los primeros años de la ciudad y luego emigró a Francia para atraer inversionistas, documentó la evolución de la ciudad y afirmó “Como era de esperarse todas las razas del globo han contribuido a poblar la nueva ciudad”. (Vida y costumbres en La Plata. 1888).

En aquellos años se popularizó la copla: “Me voy para La Plata / la nueva capital / donde se gana mucho / con poco trabajar.” Claro que la realidad no era tan así, existió una gran oferta laboral, pero también mucho esfuerzo por delante. 
Recorrer el Museo-subsuelo de la Catedral Inmaculada Concepción es prueba de ello. El idioma fue una de las primeras barreras: “Teníamos una chapa de zinc con un listado de palabras en dialecto y la traducción al castellano, para entendernos" (Oscar García Díaz, ornatista). Las condiciones de seguridad e higiene también estaban lejos de las condiciones óptimas que hoy aceptamos. Aun así, cada gran palacio de la ciudad, cada ornamento de nuestra ciudad, tiene la huella de la constante ola migratoria (nacional e internacional).

El gran escritor y senador José Hernández narró: “Se afinca aferrado con nostalgia a su tierra, se reúne con compatriotas, se casa, mantiene su lengua, costumbres y comidas. Funda colectividades, se agrupa por barrios, cría sus hijos, trabaja... Un trabajo cargado de esfuerzo, vivencias, recuerdos, historias...”

No lo era fácil en 1882, ni tampoco lo es ahora. Mudarse de ciudad es un gran desafío, una apuesta a comenzar de nuevo en una tierra desconocida. Lo viven los estudiantes que llegan a nuestras Universidades, y también quienes buscan una chance laboral o social. Se llega con sueños, proyectos, metas y esperanza; pero también con incertidumbre, nostalgia y a veces con soledad.

Desde Boltoña, en 1932 llegó a La Plata el joven aragonés Germán. Con solo 14 años, sus padres lo enviaron a Argentina para que pueda vivir alejado de la cruel guerra civil española. Dejó su pequeño pueblo montañés para buscar una nueva oportunidad una ciudad de “tierra acostada” (llanura).
En uno de sus primeros recorridos por las calles platenses, invadido por la nostalgia, Miguel (uno de sus tutores), conversaron: 

- Ya verás, las diagonales no fueron creadas para acortar camino, no, no. Fueron hechas para inspirar a los artistas, para hacer de esta ciudad un lugar único. Las diagonales son bellas y fueron pensadas para que la gente se encuentre.
- ¡Pues, a mi me desorientan!
- Si, hijo, pero te llevan hacía las plazas, y una vez que estés ahí, podrás empezar de nuevo y habrás llegado a destino recorriendo los corazones de La Plata, las plazas son los corazones de la ciudad. ¡Y vaya que esta ciudad tiene corazones!

Con otros matices, la historia se repite. Cada febrero y marzo la ciudad retoma las primeras actividades académicas. Más de 30 mil estudiantes ingresan a las universidades, muchos de ellos son migrantes que intentan construir una nueva etapa de su vida. Recorren las calles y avenidas, mientras esquivan las temerarias diagonales para no perderse; aunque en otros momentos es mejor dejarse llevar por los pies, explorar, descubrir los secretos. Pronto se adaptarán y serán parte de la vida cotidiana.

Muchos volverá a sus ciudades, otros adoptarán un segundo y tercer hogar. Y en el camino transmiten sus costumbres y conocimientos; tal como viene ocurriendo de generación en generación desde 1882. Desde aquellos primeros talladores de piedras y ladrillos, los escultores de ornamentos y los miles de ensayos científicos que se guardan en las bibliotecas de la Universidad. Sin mencionar los incontables grupos, colectividades y casas que organizan eventos interculturales: Fiesta Provincial del Inmigrante (Partido de Berisso), Bon Odori, Año Nuevo Chino, e Italia para Todos, entre muchos otros.
Con frecuencia la inmigración (interna y externa) es mal vista, cargada de prejuicios, inseguridades y violencia; pues nada es perfecto. Aun así, desde 1870 la Argentina a favorecido la llegada de nuevos vecinos, y La Plata es uno de los grandes faros que demuestran los incontables éxitos. Una ciudad multicultural y de profundo reconocimiento por la apertura intelectual. El chileno Julio Barrenechea Pino la incluyó entre sus prosas. En tanto el escritor dominicano Pedro Henríquez Ureña la llamó “La Atenas de Sudamérica”.

      


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